Manuel Losada (Bilbao, 1865–1949) desarrolló su producción
en el tránsito entre el naturalismo finisecular y las primeras manifestaciones
de modernidad en el ámbito vasco. Formado en un contexto académico, su obra se
centró en escenas urbanas, costumbristas y portuarias que reflejan la
transformación social y económica del País Vasco a finales del siglo XIX y
comienzos del XX.
El cuadro retrata un momento de esparcimiento. El marinero
no trabaja, se encuentra probablemente en ese tiempo vacío entre faenas que el
acordeón llena con eficacia. El instrumento no es casual. A finales del siglo
XIX el acordeón era el instrumento de las clases populares —"el piano del
pobre", como lo llamaban entonces—, portátil, autodidacta, suficiente para
que un hombre solo se acompañara a sí mismo. Lo que distingue la figura de
Losada es que el marinero toca sin mirar el instrumento: sus manos lo conocen
de memoria. El fondo, que el cuadro trata como secuencia rítmica de verticales,
registra en realidad una coexistencia histórica: la chimenea humeante de una
fábrica y las de varios barcos de vapor, junto a los mástiles y el aparejo de
un velero. En el Bilbao de finales de siglo, la construcción naval de hierro y
acero estaba desplazando a la vela con rapidez. El marinero está sentado sobre
la jarcia del velero —el mundo que se acaba— con los vapores al fondo como la
imagen de lo que viene. Losada vuelve a pintar, como en otras obras del mismo
período, el instante de transición: la figura que pertenece a un orden a punto
de desaparecer.
La obra de Manuel Losada se conserva principalmente en el
Museo de Bellas Artes de Bilbao, pero también está repartida entre museos,
instituciones culturales y colecciones corporativas y privadas, sobre todo
vinculadas a Bilbao y al País Vasco.