La obra de Agustín Ibarrola (Bilbao, 1930- 2023) ha reflejado desde sus inicios una conexión estrecha con la identidad vasca y un compromiso constante con temas sociales y políticos. Además de la pintura, Ibarrola exploró el grabado, la escultura y el Land Art consolidándose como una figura clave en el panorama artístico español con un gran reconocimiento internacional.
Esta escultura pertenece a la emblemática serie Bosques iniciada en la década de los 80 como un trabajo híbrido entre lo escultórico y lo pictórico dentro del movimiento Arte y Naturaleza. La obra seminal de la serie, “El bosque de Oma”, fue creada entre los años 1982 y 1985 en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai y consiste en un grupo de árboles en los que se han realizado trazos que mirando desde determinadas posiciones, componen diferentes figuras geométricas, humanas y animales. Reconocido por su compromiso social, Ibarrola utiliza esta serie donde se combinan materiales orgánicos con técnicas pictóricas para dialogar sobre la relación entre la naturaleza y la cultura, un tema recurrente en su carrera.
Creada alrededor de 1995, El mar y la paloma de la paz vasca se sitúa en un contexto de búsqueda de identidad y reconciliación en el País Vasco, especialmente tras décadas de conflicto y transformación social. La obra dialoga con temas de paz, conexión cultural y armonía entre el ser humano y su entorno natural. Formalmente evoca un bosque estilizado, donde los troncos se convierten en soporte para patrones geométricos y simbólicos. Los tonos azules y negros sugieren referencias al mar, mientras que la idea de la paloma de la paz resalta el deseo del artista por transmitir un mensaje de reconciliación y entendimiento.
La obra es una muestra de la visión estética y el compromiso humanista de Ibarrola, donde la naturaleza y el arte se entrelazan no sólo para celebrar la riqueza cultural de Euskadi, sino para reflexionar sobre el poder del arte para construir puentes entre comunidades.