•  Gente jugando en el campo
      

Gente jugando en el campo

En una España donde las circunstancias políticas conducían a interpretaciones sombrías y dramáticas de la realidad, era lógico considerar que el papel del arte consistía en traducir estéticamente los hechos concretos que caracterizaban esa realidad en sus aspectos sociales, económicos, ideológicos, etc. De ahí que buena parte de la pintura alumbrada en este país durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta se orientara, de una parte, hacia los mundos privados e íntimos –negando toda referencia a lo exterior común–, y, de otra, hacia la plasmación crítica, más o menos velada, de aquel contexto. No es casual que fuera con el surgimiento de la abstracción –por su capacidad para huir de interpretaciones directas y unívocas– cuando las alusiones críticas, supuestas o reales, al régimen se multiplicaron, y a ello colaboró también una tendencia cromática sombría, proclive al uso del negro y el gris, que asimismo ayudaba a proclamar vínculos con la tradición pictórica española.

Manuel Hernández Mompó, compañero de generación y de ideario creativo de artistas como los referidos, practicó sin embargo una pintura de signo bien diferente. El uso del color blanco genérico salpicado por manchas de colores vivos y vibrantes parece querer referirse a mundos sociales más apacibles y amables, llenos de luz y atmósferas cálidas, lo cual también pertenece a la tradición pictórica, aunque en su caso a la valenciana, región de la que este pintor era originario. El propio título de esta pintura quiere proclamar una ocasión lúdica, colectiva y saludable.

Dentro del informalismo español el trabajo del valenciano Hernández Mompó destaca por su fuerte personalidad y singular ductus, esto es, por las cualidades y características de su caligrafía pictórica mantenida con fidelidad durante muchos años una vez que a finales de los años 50 encontró su luminosa, etérea y espontánea formar de crear. Esta comparación con lo caligráfico no es casual. El mismo dijo: “"Escribir en los cuadros era una necesidad al pintar. Era elemental para expresarme. Estaba sugiriendo, contando cosas como pintor y esas cosas las hacía a mi manera con formas plásticas y letras. Más tarde, las letras y las frases hechas desaparecieron y hoy quedan unos garabatos o líneas que recuerdan letras y que me sirven para expresar vivencias". Vinculado a todas las vanguardias españolas de posguerra por amistad personal y por convicción estética, sin embargo, no se integró en ninguno de los grupos que actuaron con programas y manifiestos. Realmente, su pintura era difícilmente clasificable entre las varias modernidades de los años 50, 60 y 70, sujetas a dogmatismos demasiado rígidos para una pintura sensual, mediterránea y chispeante como la suya.