• Bodegón de las afueras
      

Bodegón de las afueras

Entre los mundos artísticos personales aparecidos durante los años cincuenta en España, uno de los más personales y diferenciados del resto de los compañeros de generación es el de Antonio López, por diversos motivos. Pero si hubiera que destacar el más llamativo, sería en primera instancia su perseverancia en practicar un estilo figurativo cuando la tendencia moderna por antonomasia en aquella década era el deslizamiento, con mayor o menor profundidad, hacia la abstracción.

Hoy consideramos aquella orden de alejamiento de lo real-reconocible simplemente como un aspecto más de lo moderno, y no ya como la única expresión posible de la modernidad. Los tópicos y las ideologías –no precisamente estéticas– determinaron que lo figurativo constituía una resistencia a evolucionar en la dirección correcta, cuando no una práctica regresiva y reaccionaria. Con el fin de los absolutismos ideológicos y el acabamiento de las verdades indiscutibles hemos venido a darnos cuenta de que la modernidad en arte se expresaba de múltiples maneras, y la de Antonio López era una de ellas.

En este bodegón campestre, contemplado desde las afueras de una ciudad cuyas luces nocturnas se observan en el horizonte, López incorpora un ramo de flores, el retrato enmarcado de una mujer, un frutero y algún naipe sobre una superficie situada en los aledaños de una casa baja de arquitectura encalada. La normalidad de la escena, sin embargo, tiene algo de ensueño, de recuerdo a punto de difuminarse en una vibración o temblor que parece proceder de la urbe distante, pero en la que el artista se introduciría para pintar sus calles y edificios, pocos años después.

La sección de «Artistas vascos modernos» concluye con un bodegón de José M.ª Ucelay ejecutado dos décadas más tarde que este de López. Resulta curioso constatar los contrastes: uno es interior, el otro exterior; uno es opulento, el otro discreto; uno es barroco, nítido y exuberante, el otro hurga en el difuso realismo intimista; uno visiona –a través de la ventana– el arcádico paisaje fluvial, el otro las chispeantes luces de una urbe; uno trae lo fugaz mediante la presencia de un periódico diario, el otro la ausencia permanente de la mujer en la fotografía. Ambos coinciden en dar entrada a elementos que unen el azar, el juego, la estrategia y la fortuna: Ucelay con la escopeta de caza y López con el naipe del dos de copas.

En 1957 Antonio López tenía 21 años y observaba las luces nocturnas de la ciudad instalada en el horizonte desde una distancia no sólo física, sino también ideológica. Era un muchacho de origen rural que se sentía fuera de la gran urbe a la que había llegado ocho años antes. Más tarde se adentraría en ella, física y conceptualmente, para pintarla pero en este momento, con la elección de un lenguaje realista y dos asuntos tan tradicionales como el paisaje y el bodegón, también parecía verse a sí mismo lejos de que lo que en 1957 resultaba imperativo para considerarse un artista moderno: practicar el informalismo o la abstracción. El lenguaje que aquí apreciamos no es aún el que le reportaría reconocimientos posteriores, sino el de un joven que, entre dudas y deseos, con gesto desfigurado y borroso, se preguntaba cuál sería su camino, el que le conduciría a la ciudad y a su plenitud artística.