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Tres amigas

La obra más personal de Iturrino surgió a partir del momento en que la luz del Mediterráneo empezó a iluminar sus lienzos. Con anterioridad el trabajo pictórico de este genuino “fauve” español se relacionaba más con el pensamiento de la Generación del 98, pues en cierto momento su inicial tenebrosidad parisina se hizo castellana. El cambio vino después, a partir de los viajes que hizo a Marruecos, acompañado por Matisse, y durante sus estancias en la malagueña finca de La Concepción, cuyo jardín le sirvió como escenario para pintar grupos de mujeres, como éste. En ellas Iturrino celebraba la transparencia del aire, la intensidad cromática de las flores y la desnudez de los cuerpos, una suerte de “España blanca” diferente de la de Sorolla aunque, como la de éste, opuesta a la “España negra” de Zuloaga. Estas “tres gracias” resultan cercanas y comunicativas, casi domésticas, tan naturales como el césped y las flores a su alrededor, a pesar de la desnudez. Lo que en Manet (homenajeado por el pintor vasco) resultaba voluntariamente impostado, aquí es lógico y orgánico, como un fruto espontáneo de la Naturaleza.
La piel de estas mujeres se ilumina al sol, como las flores, y sus cuerpos no producen sombras. Todo a su alrededor es claro y fresco. Las pinceladas rosas, ocres y azules construyen anatomías que coreografían la desenvoltura de una mirada inocente y gozosa. Las pinceladas más fauves ocupan la totalidad de su entorno, las flores y el césped.

Las tres mujeres poseen un protagonismo central al ocupar el primer plano de la imagen, casi en su totalidad, pero destacan no tanto por el hecho de estar desnudas, sino por la amplitud de la gestualidad que despliegan, formando composiciones de gran dinamismo. Su desnudez no es manifiestamente erótica, ni heterosexual ni lésbica, sino que comporta una naturalidad tan obvia como el escenario de flores y hierba que las envuelve. La irrealidad de la escena se conjuga con su naturalidad, sin que exista paradoja alguna en ello. Sus gestos y miradas pertenecen a una conversación entre amigas que se comentan asuntos cotidianos.

En los últimos años de su vida Iturrino encontró un par de asuntos personales que coronaron la interesante trayectoria que había desplegado hasta aquel momento: los jardines de la finca de La Concepción, en Málaga, y los cuerpos desnudos de mujeres tendidas al sol. En ambos asuntos Iturrino partía de una realidad concreta (jardín frondoso y cuerpo femenino) para terminar construyendo imágenes fantasiosas. Estas mujeres desnudas, en grupos pequeños o numerosos, anclaban sus raíces en el Le déjeuner sur l’herbe (1863), de Édouard Manet, por un lado, y en La danse (1909) de Henri Matisse, por otro.