• Muchacho castellano
      

Muchacho castellano

En cualquier caso, el joven nos contempla con serenidad y calma, tranquilo y a la espera de algo que quizá llegue con la oscuridad cuya inminencia las nubes rosas y azules anuncian ya.
El retrato de este muchacho castellano es una de las escasas pinturas del eibarrés en las que lo distintivo resulta la contención literaria con la que lo ha observado: ni anécdotas, ni gestos ampulosos, ni escenarios grandilocuentes. Bien al contrario: moderación en la actitud y mirada del retratado, colores apagados, paisaje suave a la luz del atardecer… Sin embargo, algo inquietante y animal se advierte en el rostro de este joven vestido con digna pobreza: la dureza del ceño, la nariz vacuna, las grandes orejas, la gruesa boca… en donde se intuyen consanguinidades y una violencia contenida.

Dentro del horizonte de tierras y gentes de aquella Castilla a la que los escritores y pintores de la Generación del 98 miraron entre la admiración y el espanto –admiración por su pasado, espanto por su presente–, Zuloaga buscó una síntesis en la que se conciliaran el orgullo con la pobreza, la grandiosidad con la miseria, la enfermedad con la dignidad y el individuo con su paisaje. A veces, Zuloaga añadía a sus composiciones notas escenográficas que aumentaban la teatralidad natural de lo que contemplaba, con lo que acercaba sus visiones hacia una narrativa que oscilaba entre lo tremendista y lo psicológico.